Tengo 64 años. Me llamo Susan y mi marido se llama Robert. Llevamos 38 años casados.
Cuando era joven, Robert me consideraba la mujer más hermosa del mundo. Cada mañana me besaba la frente, me tomaba de la mano y, por las noches, nunca se dormía sin desearme buenas noches.
Pero en los últimos años, nuestras vidas habían cambiado.
Después del nacimiento de nuestros dos hijos, de tantos años de preocupaciones y de diversos problemas de salud, había aumentado muchísimo de peso.
Primero fueron diez kilos, luego veinte más. Cuando