encontraron.
No sonrió demasiado.
No convirtió aquel instante en una ceremonia.
Solo inclinó ligeramente la cabeza.
Una especie de permiso silencioso.
Coloqué la pieza azul donde Clara indicaba.
Horas después, cuando los 4 niños dormían amontonados entre cojines, Elena y yo nos quedamos en la cocina.
—¿Todavía piensas que deberíamos volver? —preguntó.
Meses atrás habría respondido que sí.
Había confundido culpa con amor.
Había imaginado que recuperar nuestro matrimonio podía compensar todo lo perdido.
Ahora sabía que no funcionaba así.
—No quiero usar a nuestros hijos para reconstruir algo que