pertenecía a una familia donde el apellido parecía pesar más que las personas. Mi madre, Beatriz Valdés, había convertido la idea de tener un heredero en una obsesión.
Cada domingo encontraba una manera distinta de recordarnos que seguíamos sin hijos.
El médico nunca había dicho que Elena no pudiera embarazarse.
Había hablado de probabilidades bajas.
Yo escuché lo que más miedo me daba.
Imposible.
Y mi madre alimentó ese miedo.
—No vas a arruinar tu vida por ella, Alejandro. Un hombre como tú necesita hijos.
Todavía podía recordar la noche