una carpeta pegada al pecho.
Me vio.
No pareció sorprendida.
—Te vi en televisión —dije.
—Me imaginé.
—Necesito saber algo.
Su expresión cambió.
—¿Ahora necesitas saber?
—Elena…
—Te fuiste porque querías hijos. Ahora ves 4 y apareces en mi oficina como si yo te debiera una explicación.
Sentí que cada palabra me atravesaba.
—¿Son míos?
Elena apretó la mandíbula.
—La pregunta importante no es esa.
—Entonces dime cuál es.
Se acercó un paso.
—¿Qué vas a hacer cuando descubras la respuesta?
La miré sin saber qué decir.
—¿Por qué nunca