habitación estaba entreabierta.
Rodrigo estaba ahí.
Y junto a él estaba Fernanda Ruiz, una consultora que trabajaba frecuentemente con su constructora.
Fernanda llevaba mi bata azul.
La que mi madre me había regalado antes de morir.
Rodrigo me miró.
No vi culpa en su rostro.
Vi molestia.
—Daniela, ¿qué haces aquí?
Apreté a Emilia contra mi pecho.
—Vivo aquí.
Fernanda palideció.
—Pensé que salías mañana del hospital.
Sentí un frío recorrerme por dentro.
Miré a Rodrigo.
—¿Ella conocía mi fecha de alta?
—Esto no es lo que parece.
Casi me