compró mi hijo.
No la corregí.
Rodrigo me acompañó hasta la puerta.
—Volverás.
Me detuve.
—¿Por qué?
—Porque acabas de tener una hija, no tienes ingresos reales y necesitas estabilidad.
Durante años había supuesto que yo dependía de él.
Yo misma había permitido esa mentira.
No porque estuviera ocultando una fortuna por diversión.
Porque quería descubrir si podía amarme sin saber cuánto tenía.
Esa noche dormí en una suite de un hotel en Monterrey con una enfermera posparto en la habitación contigua.
Cuando Emilia finalmente se durmió, abrí mi computadora.