en pocos segundos lo que 2 empleados del mostrador no quisieron ver.
Una madre cansada.
Una niña dormida.
Un ramo para alguien que ya no volvería.
—Gracias, Lupita.
—Con gusto.
Mientras acomodaba las rosas, escuché a Bruno murmurar detrás del mostrador.
Pensó que yo no alcanzaría a oírlo.
—Eso pasa cuando le das demasiada confianza al personal de limpieza. Empiezan a creer que mandan aquí.
Levanté lentamente la mirada.
Bruno seguía sonriendo.
Sebastián evitó mis ojos.
No dije nada.
Todavía.
Lupita me entregó el florero.
—La suite 904 está en