se puso rígido.
Bruno dejó de sonreír.
—Arturo —dije—. Soy Clara Vázquez.
Hubo silencio.
Después escuché el ruido de una silla moviéndose bruscamente.
—¿Señora Vázquez?
—Estoy en el vestíbulo del Gran Real Reforma.
—¿Aquí?
—Frente al mostrador.
—Voy inmediatamente.
Colgué.
Bruno miró mi rostro.
Luego mi chamarra gastada.
Después volvió a mirarme.
—¿Clara Vázquez?
No respondí.
30 segundos después, las puertas del salón de eventos se abrieron.
Arturo apareció corriendo hacia nosotros.
Llevaba traje negro y la corbata ligeramente torcida.
Cuando llegó frente a mí, respiraba con dificultad.
—Señora Vázquez.