cabeza.
—Señora Vázquez, yo agradezco muchísimo esto, pero…
—No es un regalo.
La miré directamente.
—Es una oportunidad que debieron darle hace años.
Una lágrima le recorrió la mejilla.
Lucía se movió contra mi hombro.
Abrió los ojos apenas.
—Mamá…
—Aquí estoy.
—¿Ya llegamos?
—Sí, mi amor.
Miró alrededor, todavía medio dormida.
Luego vio a Lupita.
—¿Quién es ella?
Sonreí.
—Una amiga que cuidó las flores de papá.
Lucía levantó la cabeza.
—¿Las rosas?
Lupita señaló el florero.
—Están aquí.
Mi hija sonrió.
Fue una sonrisa pequeña.
Somnolienta.
Pero suficiente