El juez le pidió elegir entre su mamá sin dinero y su papá millonario, pero el niño levantó un celular viejo y dejó al juzgado sin respirar

planchada la noche anterior con mucho cuidado.

Había llegado en camión desde una colonia popular de Guadalajara, cargando una bolsa con documentos, galletas para sus hijos y una tristeza que ya no le cabía en la cara.

Del otro lado estaba Ricardo Armenta.

Traje azul oscuro.

Reloj carísimo.

Zapatos brillantes.

Sonrisa de hombre que nunca había pedido permiso en su vida.

Era dueño de constructoras, restaurantes y 3 casas en zonas donde la gente hablaba bajito para presumir más.

Su abogada se levantó primero.

—Su Señoría, mi cliente puede ofrecerle