a los menores estabilidad, colegio privado, atención médica, viajes, seguridad y una casa adecuada. La señora Rivas, con todo respeto, vende comida desde una cochera y vive arrimada con su hermana.
Marisol bajó la mirada.
No por vergüenza.
Por coraje.
Durante 10 años había aguantado desprecios, silencios largos, gritos detrás de puertas cerradas y regalos caros que venían después de cada humillación.
Pero ahora, frente a todos, la estaban reduciendo a una mujer pobre.
Como si el amor se midiera en metros cuadrados.
Ricardo suspiró con una tristeza falsa.
—Yo