culpa.
Que los pobres siempre arrastraban a los demás.
Mateo respiró hondo.
Se puso de pie.
—Señor juez… antes de contestar, quiero enseñar algo.
La abogada de Ricardo frunció el ceño.
—¿Algo de qué tipo?
Mateo metió la mano en la mochila vieja que Marisol le había comprado en el tianguis.
Ricardo se puso rígido.
—Mateo, siéntate.
El niño no obedeció.
Sacó un celular antiguo, con la pantalla rota y cinta transparente en una esquina.
—Aquí está la verdad —dijo con la voz quebrada—. Y mi mamá no sabía que