El testimonio silenciado de una mujer francesa: maternidad forzada en un campo nazi y la búsqueda de su hijo

anciano relojero, no la reconoció al abrir la puerta. La miró como si estuviera viendo a un fantasma. Quizás, reflexiona ella, en cierto modo lo era.

Aurore regresó con ella a Saint-Rémi, pero jamás recuperó su vida. Pasaba horas junto a la ventana, murmurando el nombre que le había dado a su hijo durante las pocas horas en que pudo tenerlo. Murió en 1947. El médico habló de tuberculosis, pero la narradora sabe que murió del mismo mal que Séverine: un dolor imposible de sanar.

Décadas de silencio impuesto

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