anciano relojero, no la reconoció al abrir la puerta. La miró como si estuviera viendo a un fantasma. Quizás, reflexiona ella, en cierto modo lo era.
Aurore regresó con ella a Saint-Rémi, pero jamás recuperó su vida. Pasaba horas junto a la ventana, murmurando el nombre que le había dado a su hijo durante las pocas horas en que pudo tenerlo. Murió en 1947. El médico habló de tuberculosis, pero la narradora sabe que murió del mismo mal que Séverine: un dolor imposible de sanar.
Décadas de silencio impuesto
La