Francia de la posguerra no tenía lugar para mujeres como ella. No la miraban con compasión, sino con incomodidad. Eran recordatorios vivientes de un pasado que el país deseaba enterrar. Así que hizo lo que se esperaba: callar. Se mudó a Orléans, encontró trabajo como costurera y alquiló un cuarto encima de una panadería. Confeccionó vestidos de novia para mujeres que aún creían en los cuentos de hadas. Nunca se casó. Nunca tuvo más hijos. Cada noche cenaba sola y se dormía preguntándose cómo estaría su niño, si tendría miedo
El testimonio silenciado de una mujer francesa: maternidad forzada en un campo nazi y la búsqueda de su hijo