Emily me pidió que, cuando todo se calmara, fuéramos juntos a nuestro primer restaurante. Ese lugar había sido nuestro antes de que la empresa creciera hasta volverse un monstruo y la vida se llenara de trámites. Recordamos entre risas el freezer que se descomponía cada tres semanas, la mancha de humedad en el techo, la esquina donde yo me quedaba dormido escribiendo menús a mano. Por primera vez en meses, Emily rió con ganas. No significaba que todo estuviera reparado. Significaba que algo entre nosotros había sobrevivido.
Al llegar a