la camioneta.
—Sabías que podía morir.
—Él cortó mis frenos.
—Y tú lo enviaste deliberadamente a conducir.
Sebastián perdió la sonrisa.
—Nicolás siempre quiso mi vida.
—Y tú utilizaste eso.
Retrocedí hacia la cocina.
Necesitaba ganar tiempo.
—¿Dónde están los 560 millones?
Sus ojos se endurecieron.
—A salvo.
—¿Y después qué?
—Empezar de nuevo.
—¿Conmigo?
—Si hubieras cooperado.
Aquella frase me atravesó.
Recordé algo que el detective me había dicho.
Existía un seguro de vida de 90 millones de pesos a mi nombre.
Sebastián era el único beneficiario.
—¿Qué planeabas