mirada.
Sentí náuseas.
—Nicolás llegó después. Tú ya estabas dormida.
Tomé el florero de la mesa y lo lancé contra la pared.
Se hizo pedazos.
—¡Metiste a otro hombre en mi cama!
—Nunca te hizo nada.
—¡Me fotografió durante meses!
Sebastián guardó silencio.
—¿Sabes por qué lo hacía?
Señalé mi propia cara.
—Porque me estudiaba. Yo era su manual para aprender a convertirse en ti.
Entonces escuchamos el elevador.
Sebastián giró hacia la entrada.
Por primera vez vi miedo en sus ojos.
—¿Llamaste a la policía?
Corrí.
No llegué.
Me