sujetó del cabello y caí al piso.
Golpearon la puerta.
—¡Policía! ¡Abra inmediatamente!
Sebastián me tomó del brazo.
—¿Por qué no pudiste quedarte fuera de esto?
Entonces recordé los tornillos.
Pateé su tobillo derecho con todas mis fuerzas.
Sebastián gritó y cayó de rodillas.
La puerta cedió.
3 policías entraron.
Lo esposaron contra el piso.
—¡Revisen su tobillo! —grité—. Tiene 2 tornillos. Ese hombre es Sebastián Salgado.
Por primera vez desde las 3:17 de aquella madrugada, mi esposo se quedó sin otra identidad detrás de la cual esconderse.
Las