cabeza.
Primero necesito que deje el trabajo.
2 horas después, Mauricio entró cargando un ramo de margaritas y una caja de chocolates.
Me besó la frente.
–Perdón por hablarte así. Fue un día terrible.
Lo miré.
Me sorprendió descubrir que su cara seguía siendo exactamente la misma.
Los mismos ojos.
La misma sonrisa.
El mismo hombre con quien había desayunado durante años.
–No pasa nada –respondí.
–Extrañé a mis niñas.
Se acercó al moisés.
Renata movió las piernas al escucharlo.
Yo tuve que apretar las manos para no reaccionar.
Aquella