noche no mencioné la llamada.
Al día siguiente tampoco.
Mauricio creyó que todo seguía igual.
Incluso comenzó a comportarse mejor.
Llegaba con café.
Lavaba un biberón.
Preguntaba cómo me sentía.
Hasta que 2 noches después puso varios documentos sobre la mesa.
–He estado pensando en lo que hablamos.
–¿Sobre qué?
–Tu trabajo.
Sonrió.
–No necesitas regresar.
Había ensayado aquel discurso.
Lo noté inmediatamente.
Me explicó que las guarderías eran caras, que Renata necesitaba a su madre, que su sueldo era suficiente y que yo podía dedicarme completamente a nuestra familia.