lo que nunca me correspondió pagar sola.”
No volvió a escribir durante varios días.
Hasta que apareció una videollamada.
Mateo.
Acepté.
Su rostro apareció en la pantalla.
Ya no parecía el hombre seguro que había dejado en casa.
Parecía cansado.
—Clara…
Esperé.
—No sabía que hacías tanto.
Esa frase.
Tan simple.
Tan tarde.
Sentí algo extraño.
No felicidad.
No victoria.
Solo tristeza.
Porque había necesitado perderme para darse cuenta de que yo existía.
—No era invisible, Mateo.
Bajó la mirada.
—Lo sé.
—No. Ahora lo sabes.
Silencio.
Entonces apareció Sofía