Hasta que un día decidí hablar con claridad.
Invité a mi hermana a tomar un café.
Quería una respuesta concreta.
Nada agresivo.
Nada dramático.
Solo necesitaba saber cuándo pensaban devolver el dinero.
—No hace falta que me paguen todo de golpe —le dije—. Podemos hacer un plan. Aunque sea cien dólares por mes.
Ella permaneció en silencio unos segundos.
Luego tomó un sorbo de café.
Y dijo algo que jamás olvidaré.
—La verdad es que no deberías esperar que te devolvamos nada.
La miré sin comprender.
—¿Cómo que no?
Se