hermana estaba reescribiendo la historia.
Transformando un préstamo acordado por ambas partes en un supuesto acto de generosidad unilateral.
Como si todo hubiera sido una donación.
Como si nunca hubiéramos hablado de devolverlo.
Como si mis sacrificios no hubieran existido.
Lo peor fue que no mostró culpa.
Ni vergüenza.
Ni remordimiento.
Solo una tranquila convicción de que tenía derecho a quedarse con todo.
En ese instante comprendí algo doloroso.
La persona sentada frente a mí ya no era la hermana que recordaba.
No era la niña a la que defendía