estaba Bruno
Mi Bruno, aunque nunca fue mío.
El perro de Mateo.
El perro que había acompañado a mi hijo hasta el último suspiro.
Aquella tarde, Javier llegó con él como siempre.
Bruno llevaba su pañuelo azul oscuro y caminaba despacio, como si supiera que en aquel pasillo nadie necesitaba prisa.
Yo estaba junto a la máquina de café, con un vaso caliente entre las manos, cuando una enfermera se acercó a Javier.
“Hay una niña nueva”, dijo en voz baja. “No quiere hablar con nadie. La madre ha preguntado