a punto de empujar la silla de Mateo para alejarnos.
Pero mi hijo solo miraba al perro.
El hombre se quedó quieto unos segundos.
Después ocurrió algo que jamás olvidaré.
Se arrodilló
Se puso a la altura de Mateo.
Y sus ojos se llenaron de lágrimas.
“Hola, Mateo”, dijo con una voz ronca, pero muy dulce. “Yo soy Javier. Y él se llama Bruno”.
Aflojó la correa
El perro se acercó despacio, con una delicadeza que nadie habría esperado de un animal tan grande.
Olfateó las piernas de mi hijo.