llamado Mateo.”
Me rompí
Allí mismo
En medio del pasillo.
Lloré como no había llorado en semanas.
No fue un llanto de despedida.
Fue otra cosa
Como si alguien hubiera abierto una ventana dentro de una habitación cerrada.
Javier se acercó a mí.
No me abrazó enseguida.
Esperaba, porque aprendido había que el dolor también necesita permiso.
Yo fui quien se apoyó en su hombro.
Y Bruno se sentó a mis pies.
Durante los meses siguientes, Inés empezó a esperar los jueves.
No hablaba mucho
Pero hablaba con Bruno.
Primero