oír el nombre de Mateo.
Como si todavía lo reconociera.
Como si una parte de él seguía esperando aquella voz pequeña diciendo: “perro mío”.
Inés le acarició el lomo.
“Yo también echo de menos mi casa”, dijo.
Su madre empezó a llorar en silencio.
A partir de aquel día, Inés quiso saber más.
Le conté cosas de Mateo.
Que le gustaban las croquetas de su abuela.
Que odiaba que le peinaran.
Que decía que las nubes parecían animales mal dibujados.
Que una vez, en pleno tratamiento, me pidió que le