pusiera calcetines distintos porque “así los pies no se aburren”.
Inés se rió
Fue una risa pequeña.
Casi un hilo
Pero llenó la habitación.
Su madre cerró los ojos como si hubiera recibido una noticia buena sin palabras.
Aquella noche, al volver a casa, abrí por fin el cajón de Mateo.
El que llevaba meses impidiendo.
Allí estaban sus pegatinas.
Sus rotuladores
Un coche azul sin rueda.
Y la chapa que Javier había mandado hacer:
“El mejor amigo de Mateo”.
La cogí con las manos temblando.
Durante mucho tiempo no