a tragarme el orgullo.Di clases particulares, vendí postres a las vecinas, trabajé medio tiempo en una papelería y cosí uniformes de noche. Mi mamá, doña Lupita, me ayudaba cuando podía, pero también estaba enferma de la presión. Más de una vez cené café con pan para que Emiliano tuviera pollo en su plato.
Y ese niño, el que Ricardo llamó “atrasado”, empezó a sorprenderme desde pequeño.
A los tres años armaba rompecabezas de cien piezas sin pedir ayuda. A los cinco leía los letreros del metro. A los ocho