Mi única hija, Chloe, se hizo amiga de Ava cuando ambas tenían doce años. Desde el principio, la diferencia entre sus hogares fue evidente. En casa de Ava, casi siempre reinaba el olvido; en la nuestra, siempre había un plato más en la mesa y una cama lista por si necesitaba quedarse a dormir cuando las cosas se volvían demasiado pesadas.
Por eso, cuando Chloe me dijo que irían al cine un viernes por la noche, las despedí a las dos con un beso y la tranquilidad de siempre. Nunca