dormitorio.
Sacó una máquina eléctrica.
Y me rapó mientras dormía.
No sentí rabia cuando lo escuché.
Sentí vergüenza por él.
Un hombre de 42 años había humillado a su esposa para impresionar a su amante.
—Vete.
—Natalia ya no significa nada.
Solté una pequeña risa.
—Eso lo hace peor.
—¿Qué quieres entonces?
Lo pensé unos segundos.
Durante años él había creído que todo podía comprarse.
La comodidad.
El silencio.
Mi paciencia.
Mi perdón.
—Paz.
—Puedo darte espacio.
Negué con la cabeza.
—No necesito que me des nada. Estoy recuperando lo