que, como regalo por nuestro décimo aniversario, firmaría una estructura de inversión que permitiría usar parte del capital para proyectos familiares.
Javier llevaba meses hablando de comprar una casa de descanso, invertir en bienes raíces y trabajar menos.
Yo creía que estábamos planeando nuestro futuro.
A las 7:14 llamé a Mariana Ortega, la abogada que llevaba los asuntos del fideicomiso de mi padre.
—Detén todo.
Hubo silencio.
—¿La autorización de inversión?
—Todo. No se libera un solo peso.
—Andrea, los documentos estaban listos para firmarse hoy.
Miré la tarjeta