había estados de cuenta viejos, denuncias, documentos bancarios y cartas que había conservado durante casi 20 años.
Entre ellos encontré una declaración firmada por mi padre reconociendo que había utilizado mis datos para abrir cuentas.
—Guardé todo porque sabía que algún día intentarían fingir que nunca ocurrió —dijo Alicia.
Todavía faltaba una persona.
Camila.
La visité en su departamento.
Cuando abrió la puerta en su silla de ruedas y vio mi traje, endureció la expresión.
—No voy a firmar nada más.
—No vine a comprar tu silencio.
Me dejó pasar.