habló como el esposo preocupado que yo conocía.
Pero entonces le dije que quizá no abriría la farmacia al día siguiente.
Su tono cambió.
—Estás destruyendo nuestro matrimonio por algo que no entiendes.
No discutí.
Inés levantó un dedo.
Quería que lo dejara hablar.
Sergio respiró hondo.
Y entonces preguntó algo que hizo que Inés y yo nos miráramos al mismo tiempo.
—¿Dónde están las llaves de la farmacia? Las necesito.
No preguntó primero cómo seguía.
No preguntó si había ido al médico.
No preguntó si todavía tenía fiebre.
Preguntó