una expresión que jamás pude olvidar.
Aquella respuesta me rompió el corazón más de lo que dejé que él viera.
Entonces, casi de la noche a la mañana, todo cambió.
Se registró en aplicaciones de citas.
Me di cuenta por primera vez cuando fui a visitarlo una tarde de sábado.
Estaba sentado a la mesa de la cocina con el teléfono entre las manos.
Llevaba las gafas de lectura bajas sobre la nariz y sonreía mientras miraba la pantalla.
—¿Qué estás mirando? —pregunté.
Bloqueó el teléfono rápidamente.
—Nada.
Arte de