sentí lo que esperaba sentir.
No sentí venganza.
No sentí alegría.
Solo una profunda tristeza por la persona que alguna vez amé.
—Sí, David. Te equivocaste.
Él bajó la mirada.
—Quiero arreglarlo.
Negué lentamente.
—No puedes arreglar años de abandono con una disculpa.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Te extraño.
—Extrañas la comodidad que tenía tu vida conmigo.
No respondió.
Porque sabía que era verdad.
—Catherine, nuestros hijos…
—Nuestros hijos tienen una madre que siempre estuvo ahí.
Respiró profundamente.
—¿Nunca me perdonarás?
Pensé durante unos segundos.
—Perdonarte no significa