los brazos.
—Papá.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
La levantó con muchísimo cuidado.
—Claro.
Su voz se quebró.
—Claro, princesa.
Yo desvié la mirada.
No quería llorar.
Valentina se acercó y tomó mi mano.
—Mamá.
—¿Qué?
—Está llorando.
—Ya vi.
—Los adultos lloran mucho.
Solté una risa.
—Muchísimo.
Esa tarde, cuando las niñas corrieron hacia el coche, Mauricio se quedó conmigo.
—Gracias.
—No me agradezcas.
—Me diste una oportunidad.
Negué.
—No confundas las cosas. Yo no te regalé esto.
Miró hacia las niñas.
—Me lo estoy ganando.
—Exactamente.
Se