esa conversación.
Había imaginado gritos.
Súplicas.
Explicaciones.
Pero allí, frente a mí, ya no veía al hombre poderoso que podía destruir mi vida.
Veía a un hombre desesperado porque acababa de perder el control sobre la historia que llevaba años escribiendo a escondidas.
-No quiero arreglarlo.
Quiero terminarlo.
Salimos del salón.
Dentro del auto, Mateo permaneció callado.
A mitad del camino comenzó a llorar.
-Lo arruiné todo.
Lo abracé.
-Tú no arruinaste nada.
-Puse el video.
-Tu papá tomó sus propias decisiones.
Le limpié las lágrimas.
-Pero prométeme algo.
-¿Qué?
–