En la gala benéfica, sorprendí a mi esposo abrazando a su amante. No grité. Saqué de mi bolso la carta de mi abogada y se la entregué. Él siguió sonriendo hasta que nuestro hijo de 9 años dijo: —Mamá, todavía falta enseñarle el video. La sonrisa de mi esposo desapareció al instante.

Debajo de la fotografía, Claudia había escrito.

¿La conoces?

Sentí frío en las manos.

Mateo entró a la cocina con su mochila.

-Mamá, ¿papá va a cenar?

-Tiene una reunión.

Mateo soltó una risita seca.

-Igual que el jueves pasado.

Lo miré.

-¿Qué quieres decir?

-Nada.

Se sentó.

Pero durante toda la cena estuvo extraño.

Esa noche esperé hasta que Rodrigo se durmió.

Entré a su despacho.

No revisé documentos privados ni intenté adivinar contraseñas.

Abrí la computadora familiar que ambos utilizábamos para fotografías, pagos domésticos y facturas.

Rodrigo había