años siguiendo rastros financieros.
Había aprendido una regla simple.
El fraude rara vez comienza con millones.
Empieza con alguien convencido de que nadie mirará una factura pequeña.
Luego otra.
Luego otra.
Hasta que deja de esconderse.
Ricardo siempre había confundido arrogancia con inteligencia.
El domingo por la noche llamó.
No contesté.
Volvió a marcar.
Después llegó un mensaje.
Elena, mañana posiblemente me asciendan. Cuando eso ocurra podremos hablar de la pensión. Deja de presionarme.
Casi sonreí.
10 minutos después publicó una fotografía desde un restaurante de Polanco.
Vanessa estaba frente