Ricardo.
Eso habría significado que todavía importaba su opinión.
Acepté un puesto como directora de investigaciones internas en una firma financiera mexicana que estaba ampliando su área de cumplimiento.
Mi primer día llegué antes de las 8.
Me dieron una oficina con una ventana enorme hacia la ciudad.
Sobre mi escritorio había una fotografía de Sofía sosteniendo un trofeo de ciencias.
Ese era el único lujo que necesitaba mirar.
Ricardo intentó llamarme varias veces.
Nunca contesté.
Después comenzó a escribir.
Primero eran mensajes arrogantes.
Luego defensivos.
Después llegaron los ruegos.