si le devolvieran aire a los pulmones.
Mateo seguía junto a ella, agarrándole la mano con cuidado. Sus dedos pequeños temblaban, pero no la soltaba.
Renata se inclinó hacia Valeria y fingió acomodarle la sábana.
—Eso no prueba nada —susurró con veneno—. Nada.
Pero Valeria sintió algo distinto.
Su hermana tenía miedo.
—No cualquiera sabía que Valeria tomaría esa ruta esa noche —continuó la abogada—. Y no cualquiera se beneficiaba con su muerte.
Sergio soltó una risa forzada.
—¿Beneficiarme? Mi esposa está en coma. ¿Usted se escucha?
—También cambió su