también.
Y su expresión cambió.
Ya no era miedo.
Era desesperación.
—Si despierta, todos estamos perdidos —dijo.
De pronto empujó a uno de los policías, jaló a Mateo del brazo y lo puso frente a ella como escudo.
—¡Nadie me va a quitar lo que me pertenece!
Sergio retrocedió, pálido.
—Renata, suéltalo.
Ella soltó una carcajada histérica.
—¿Ahora sí tienes miedo? ¡Tú cortaste los frenos!
—¡Porque tú me dijiste cómo hacerlo! —gritó Sergio.
La verdad explotó frente a todos.
Valeria, atrapada en su cama, entendió que sus enemigos no estaban