pared y le torció el brazo.
—Queda detenido.
—¡Esto es un error! —gritó Sergio—. ¡Ella me obligó!
Renata, en el piso, esposada, soltó una risa rota.
—Qué valiente eres ahora. En la cocina no temblabas cuando dijiste que si Valeria moría, por fin dejarías de vivir a su sombra.
Sergio la miró con odio.
—Tú querías su dinero desde antes de que yo apareciera.
—¡Porque ella siempre tuvo todo! —chilló Renata—. La casa, la empresa, el apellido limpio, la mamá orgullosa, el hijo perfecto. ¡Todo!
Valeria intentó hablar.
Le dolía