falta investigar demasiado.
Lucía casi sonrió.
—Quiero pagarlos yo.
—Entonces los pagarás tú.
Aquella respuesta sencilla significaba más para ella de lo que cualquiera alrededor podía comprender.
Porque Adrián podía comprar el edificio entero.
Pero sabía que Lucía necesitaba poder comprar un regalo con su propio dinero.
Salieron juntos.
Cuando atravesaron las puertas de cristal, Álvaro seguía inmóvil bajo las luces blancas de la boutique.
Beatriz ya no estaba a su lado.
Dentro del coche, Lucía dejó de fingir.
Sus manos empezaron a temblar.
Adrián la observó sin hablar.
Ella