los llevas?
—Te dije que no me los quitaría.
—Tienes que quitártelos para dormir.
—No acepté esa condición.
Ella rió.
Una risa limpia, larga, completamente distinta a la de la mujer que 3 años antes lloraba en silencio dentro de un coche porque no sabía dónde dormiría al día siguiente.
Adrián la contempló.
—¿En qué piensas?
Lucía miró las luces de Madrid reflejadas en el cristal.
—En que Álvaro tenía razón en una cosa.
—Eso sí que no me lo esperaba.
—Ya no soy la mujer que dejó.
Adrián negó