tenderle la mano.
Y mientras la lluvia convertía Madrid en un mosaico de luces borrosas, Lucía comprendió finalmente cuál había sido la verdadera derrota de Álvaro:
No perder a Beatriz.
No perder su puesto.
No enfrentarse a las consecuencias.
Sino descubrir demasiado tarde que la mujer a la que había tratado como si no valiera nada había construido una vida en la que él ya no tenía ningún poder.