Parte 1
A las 11:58 de la noche del día en que cumplí 18 años, moví los 42 millones de pesos que mi abuelo me había dejado a un fideicomiso que mis padres no podían tocar.
A la mañana siguiente, mi hermana me abrazó mientras yo tomaba café y susurró:
—Gracias por la casa, hermanita.
Casi se me cayó la taza.
—¿Qué casa?
Renata soltó una carcajada.
—Ay, Valeria. No arruines la sorpresa.
Mi madre sonrió desde el otro lado de la mesa.
Mi padre siguió cortando sus huevos