de responder, el teléfono de Álvaro comenzó a sonar.
En la pantalla aparecía el nombre del socio director de su despacho.
Contestó.
Escuchó apenas 10 segundos.
Y su rostro perdió todo el color.
PARTE 3
—¿Qué has hecho? —susurró Álvaro.
Adrián ni siquiera contestó.
No era necesario.
La llamada no procedía de Montenegro, sino de Rafael Valdés, socio director del bufete donde Álvaro llevaba años intentando ascender. El tono que atravesaba el teléfono era tan fuerte que Beatriz pudo distinguir algunas palabras desde varios pasos de distancia.
«Vídeo».
«Cliente».
«Reunión