inmediata».
«No hables con nadie».
Álvaro colgó.
—Esto es absurdo —dijo, aunque ahora parecía decírselo a sí mismo—. Ha sido un malentendido.
La dependienta que había presenciado la escena dio un paso adelante.
—No lo ha sido. Yo lo he visto.
Otro cliente levantó su teléfono.
—Yo también lo he grabado.
Álvaro giró la cabeza.
Por primera vez comprendió que el problema no era únicamente quién era Adrián Montenegro.
El problema era lo que él mismo había hecho delante de una docena de testigos.
Beatriz se separó de su brazo.